Resiliencia.

¿Qué es la resiliencia?

Tiene tantas definiciones como disciplinas la utilizan: como concepto físico se refiere a la cualidad de los materiales de recuperarse de una cantidad de presión determinada sin perder su forma original; en ciencias sociales significa avanzar después de haber padecido una situación traumática; concretamente en Psicología y en el ámbito de gestión del estrés usamos este término para referirnos a la capacidad de superar una situación altamente estresante o traumática sin sufrir secuelas.

El desarrollo de esta capacidad nos acompaña a lo largo de nuestro ciclo vital. Así, podemos fortalecerla introduciendo cambios para seguir creciendo y madurando durante crisis evolutivas; es decir, cambios esperados por los que pasamos la mayoría de las personas a lo largo de nuestra vida; crisis no normativas o hechos inesperados como pueden ser la pérdida del trabajo, un accidente, un divorcio o una separación, etc. Tras un daño psíquico por cualquier circunstancia, frente a quedarnos estancados y retroceder, la resiliencia nos permite aprender y salir fortalecidos.

“A veces se gana y otras se aprende.”

Aprendiendo a ser resiliente.

¿Y qué ayuda a ser resiliente? A nivel individual: ser activo, afectivo, sociable, reflexivo, independiente, con confianza en uno mismo, con habilidades de resolución de conflictos, motivados y con variados intereses o hobbies. Familiarmente, potencia la resiliencia el hecho de tener lazos afectivos estrechos, con existencia de límites y reglas, supervisión parental (en caso de menores), con estimulación de la autonomía y asignación de responsabilidades. Además, en el ambiente que nos rodea, que tiene una importancia innegable, debería estar plagado de relaciones positivas con el grupo de iguales, vecinos, profesores…

Para promover la resiliencia necesitamos apoyos externos en momentos difíciles; fuerza interior que se desarrollará a través del tiempo superando distintas situaciones difíciles y factores interpersonales que empoderen el “yo puedo” mejorando nuestra capacidad de resolución de problemas.

Hay una heroína/un héroe en ti.

Dice Claudia Noseda en su libro “Antiestrategias”: “Lo que hace más terrorífico al mal esperado no es lo esperado en sí mismo, sino el hecho de pensar que, llegado el momento, no podremos afrontarlo: la deserción del héroe o, en otras palabras, la falta de confianza en nuestra condición de héroes…Se trata de confiar en que el héroe se manifestará y le dará al miedo su justa medida, como valor; se trata de saber que, cada día, el héroe hará su trabajo, porque de hecho, actúa sin que lo advirtamos. Y esa es la vida cotidiana.”

Nuestra labor será reconocer esa fuerza interna que nos es propia (no ajena), creer que, efectivamente, tenemos una “heroína” o un “héroe” dentro puesto que en otras situaciones complicadas también sacamos fuerzas de no sabemos dónde y “hacer como si” creyéramos en ese alter-ego con decisión lo que nos aleja ligeramente del ámbito de las emociones desproporcionadas para asentarnos en la racionalidad práctica.